lunes, 12 de agosto de 2019

What if...

No suelo arrepentirme de lo que hago. Hace mucho que aplico como máxima una frase de una canción de El Último ke zierre que dice "nunca pediré perdón si ha sido mi corazón quien habló primero". Y es que así suelo llevar mi vida, tomo decisiones con base en lo que siento que es correcto y me hace sentir bien, precisamente para no tener de que arrepentirme después pero hace un par de años vengo pensando en replantear esa estrategia.

Hace mucho me vi obligado a elegir entre dos mujeres que en realidad me encantaban, a una de ellas ( a la que elegí en ese momento) le escribí algunas canciones que aún no he terminado de concretar pero cuya estructura está armada. A la otra le dediqué la primera entrada de este blog titulada "El cajón de las causas perdidas". El lunes pasado me la encontré en la facultad y fue estrellarme contra una realidad que había olvidado. Estaba hermosa y me hubiera encantado decírselo, pero en realidad no hubo tiempo para nada más que un presuroso saludo. De tanto en tanto, pienso en qué hubiera podido ser si las cosas hubieran sido diferentes en aquel julio que hoy parece remoto.  Y hoy me puse a la tarea de ponerlo por escrito, sé que no es el ejercicio más saludable, pero como con la mayoría de cosas que pongo aquí lo hago simplemente por sacarme esas ideas que, por más que me esfuerzo por negarlo, andan por mi cabeza.

Entonces... pidámosle el DeLorean a Doc Brown, aceleremos a 88 mph hasta que nos caiga un rayo y vamos. Nuevamente es julio de 2015, al final de aquella conversación que nombraba en "El cajón de las causas perdidas" invitaba a la chica en cuestión a salir. Ella aceptaba y acordábamos seguir hablando para cuadrar la logística del asunto, era importante para que todo saliera bien que ambos estuviéramos en la misma ciudad. Al día siguiente le escribí, era un mensaje corto, no tenía que ser demasiado largo, ambos sabíamos que era una simple excusa para seguir compartiendo tiempo juntos. Seguimos hablando de nuestros viajes por el mundo, acordábamos lo hermoso que sería conocer Italia, a la vez que ella me contaba detalles que su hermano le había dado sobre Copenhague. Entre viaje y viaje volveríamos a la realidad para que yo le comentara que estaba de vuelta en Bogotá, cómo después de volver de Melgar, la sentía más helada que nunca y ella me echara en cara a modo de broma que la estaba pasando bomba con el sol de Girardot. Seguimos hablando, casi siempre de nada importante, lo importante era que estuviéramos juntos. Y entonces, casi una semana después de mi llegada a Bogotá ella me daba la noticia, al día siguiente, ella también estaría de vuelta en la ciudad.

Decidimos ir por un café, un plan que no era demasiado comprometedor, apenas para ocultar que ambos estábamos con unas expectativas altísimas por el encuentro. Fui a recogerla a su casa en el barrio La Castellana en el norte de la ciudad, me pidió que la esperara en la portería de su conjunto residencial mientras se terminaba de alistar. Aún puedo verla aparecer a la distancia, estaba preciosa, llevaba el pelo normalmente lacio arreglado en unos elegantes bucles, una bonita camisa roja -que alguna vez le dije que le quedaba divina- y un pantalón negro. Llevaba unos aretes circulares del mismo color de la camisa y un collar con forma de corchea. Recuerdo su sonrisa al verme. Yo también sonreía, llevaba mucho tiempo esperando ese día.

Aquel café duró un par de horas que parecieron segundos, comprobando así lo que decía Einstein sobre la relatividad del tiempo cuando estás con la mujer que te gusta. Me encantaba verla sonreír mientras apoyaba su sien izquierda sobre la palma de su mano con sus ojos del color de las avellanas fijos en mi. En ese momento me sentí como si fuera Jack Dawson en la proa del Titanic y faltó poco para que gritara a los cuatro vientos que era el rey del mundo.

Salimos del café con rumbo a un restaurante, eran casi las 6 de la tarde y nuestros estómagos empezaban a percibir como lejana la hora del almuerzo. Optamos por ir a un restaurante italiano que había cerca, la pasta era su comida favorita, y para mí, elegir ir hacia allá era una manera de decirle que me importaba.

-Hace frío -me dijo, frotando sus manos una contra otra para quitarse esa sensación

Tomé su mano izquierda con mi mano derecha y nuestros dedos se enlazaron. No pasó mucho tiempo para que recostara su cabeza en mi hombro y yo también recostara la mía sobre su coronilla brevemente. Casi que no importaba que el viento pasara raudo a nuestro alrededor, helando todo a su paso. Allí estábamos, ella y yo, sintiendo que nos habíamos encontrado por fin, después de mucho tiempo.

Después de cenar, la llevé a su casa. Era el momento. Debía decirle que me gustaba, que quería volver a verla. Así lo hice. Puse mi mano derecha sobre su mejilla. Acerqué mi rostro al suyo. Abrí mi boca levemente para poder estrechar sus labios con los míos.

¡PUM!

Mi DeLorean se ha estrellado contra la pared. He vuelto al presente y no, no es una pesadilla distópica. Tal vez porque en realidad nunca tuve opción de cambiar mi pasado, tal vez porque no había nada que cambiar. Aunque bonita, la historia del café y del restaurante no deja de ser una fantasía, la realidad es que entre ella y yo, no hay nada. Tal vez nunca lo hubo, tal vez lo hubo y lo eché a perder, o tal vez solo estaba siendo amable conmigo.

No importa el pasado, solo importa el presente y en ese presente estoy solo en mi habitación, a la 1:13 AM, escribiendo esta entrada de blog mientras el bebé de mi vecino -o el fantasma del edificio, no sé- llora a todo pulmón. A veces la realidad es una mierda, pero es lo que hay.

-So what if...

-Stop it. There is no such thing as "what if". It only exists" is".

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